Nati

Fui a ver a Nati en septiembre de 2007. Me acompañaban Marta y Jorge, hijos de mi hermano Narciso, Rafa y Claudia, mis dos hijos, Manu, el novio de Marta, y Paquita, la mujer de Narciso. Nati tenía la puerta entreabierta. No pude verla.
- Nati, ¿puedo pasar?
- No.
- Nati, que soy María del Castillo
- ¡Que no!
A todos les dio risa, a mí me dejó chafada, pero reconozco que la escena tuvo su encanto. Recuerdo que marta dijo: “¡Jo, con Nati!, ¡qué carácter!”. Durante un tiempo estuvimos diciendo “¡Que no!” imitando el tono de Nati cuando queríamos decir un simple no.
Volví a casa de Nati en mayo de 2008, esta vez me busqué un salvoconducto, alguien del pueblo que me acompañara por ver si se ablandaba un poco. Antonia la del barbero me acompañó consciente de lo difícil de la empresa. Esta vez estaba dentro de su casa, a unos pasos de la puerta. Pude verla, me emocionó, la verdad es que quiero mucho a Nati, la adoro, tal vez por las carreras que nos dimos cuando yo era pequeña.
Antonia.- Hola, Nati, ¿cómo estás?, ¿me conoces?
Nati. –Sí, eres Antonia la del barbero.
Yo. –Nati, ¿me conoces?
Nati. -¡No!
Nos fuimos, nada que hacer. Me hirió tanto que no se acordara de mí, ni por mi nombre ni viéndome, que me tuve que sentar en la puerta de la que fue la casa de Araceli con una mezcla de rabia, dolor y ternura que hacía –contra mi voluntad- que se me escaparan las lágrimas. Busqué explicaciones, ninguna me gustaba.
Volví a ver a Nati en agosto de 2008, sí, soy más cabezota que ella, tiene mérito. Esta vez bajábamos todos por la calle, era el día de la fiesta, al atardecer, Nati estaba en la ventana, mirando a la calle. Me acerqué, me agaché hasta tener la cabeza a su altura.
Yo, –Hola, Nati, ¿cómo estás?
Nati. –(Cucha), pues bien.
Yo. –Nati, ¿pero no te acuerdas de mí?
Nati, negando con la voz y la cabeza. -No.
Yo. –Pero, Nati, ¿cómo puede ser que no te acuerdes de mí?, vivía ahí mismo, en la casa de al lado. Te robaba montones de higos y tú me perseguías corriendo por la calle.
Nati, negando con la voz y la cabeza, pero con media sonrisa. –No me acuerdo.
Yo, con ganas de matarla. - ¡Nati, eres una puñetera!, ¡eras puñetera y sigues siendo puñetera!
Nati, a carcajadas y con los ojos brillantes. –Sí, sí, soy puñetera. ¡Pasa!
Vaya, que seguro que yo era quién decía ser puesto que la conocía tan bien como para saber que es una puñetera , si yo fuera yo se lo diría y se lo dije. Palabra mágica.
Hablamos un buen rato, se acordaba de mí, del Arrecío, de mis padres, de mis hermanos. Se ponía nerviosa intentando contarme todo lo que sabía de mí muy rápidamente, como los niños que han aprendido bien la tabla de multiplicar y te contestan antes de que tú puedas terminar la pregunta, como si lo hubiera pensado hacía poco. A ratos le volvía la duda: - no, tú tenías los ojos más azules y eras más rubia, me decía; -pero Nati, ¡han pasado cuarenta años!, protestaba yo y ella se tranquilizaba y me dejaba acariciarla y volvía a emocionarse. Entonces me preguntó, ¿está Antonia contigo?. ¡Puñetera!, y pasó Antonia.
Fue uno de los mejores días de vacaciones que he tenido en mi vida.
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